Clases de Historia

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Artículo originalmente publicado por el profesor Carlos Gil Andrés (profesor de Historia) en el Diario La Rioja el día 11 de marzo de 2018.

“La Historia que merece la pena enseñar y aprender con esfuerzo es la que nos ayuda, a partir de las experiencias del pasado, a entender lo que nos sucede y a comprender por qué nos sucede”.

A veces pienso, al salir del aula, que muchas clases de historia se parecen al museo anticuado que describe en uno de sus poemas Wislawa Szymbroska:

«Hay un abanico ¿dónde están los rubores?

Hay espadas ¿dónde está la ira?

Hay laúd que calla a la hora gris.

Por falta de eternidad acumularon

diez mil objetos viejos.

El mohoso ujier dormita plácidamente,

con el bigote colgando encima de la vitrina».

La imagen de la historia que tienen muchos estudiantes es la de un saber inservible, cosa de eruditos y coleccionistas. Para aprobar historia, dicen, no hay que entender nada. Basta con hincar los codos y memorizar una tortura de nombres, fechas y datos. Un montón de antiguallas encerradas en una vitrina sin aire, sin respiración, sin comunicación con la vida exterior. Sin utilidad.

Los grandes historiadores sostenían lo contrario. Edward H. Carr decía que la historia tiene que ser un diálogo sin fin entre el presente y el pasado. Un conocimiento, en palabras de Pierre Vilar, que nos enseña a «a situar las cosas detrás de las palabras». Un saber, como reivindicaba Marc Bloch, que nos ayuda a vivir mejor. Si no lo consigue, subrayaba el maestro francés, no tiene derecho a reivindicar su lugar entre las tareas dignas de esfuerzo: «Si los hombres son nuestro objeto de estudio y no nos entienden, ¿cómo dejar de sentir que no cumplimos sino a medias nuestra misión?».

¿Cómo conseguirlo? No es fácil la tarea del profesor de historia. Tiene poca ayuda de las administraciones educativas. En la Educación Secundaria Obligatoria los programas son inabarcables y están dominados por la dictadura de la cronología. La Edad Contemporánea no aparece hasta 4º de ESO. Muchos profesores confiesan que no llegan, apurando mucho, más allá de la Segunda Guerra Mundial o del inicio de la Guerra Fría. Terminamos de explicar el origen de ‘nuestro tiempo’ en la época en la que, más o menos, nacieron los abuelos de nuestros alumnos. ¿Cómo nos van a percibir cercanos a los problemas de su mundo?

Muchos jóvenes no vuelven a tener una asignatura de Historia. Y los que estudian Bachillerato se encuentran un panorama aún más desalentador. La Historia del arte ha quedado arrinconada, como si fuera un mueble decorativo. Y la Historia de España, obligatoria en el segundo curso, se presenta como un castigo para el profesor y para el alumno. El profesor se ha convertido en el preparador de un examen externo, la prueba de acceso a la universidad (EBAU). Hay que explicar, a la carrera, en tres horas semanales, desde Atapuerca hasta la crisis actual. Todo bien comprimido en un centenar de cuestiones teóricas, denominadas ‘estándares de aprendizaje’, diseñadas como compartimentos estancos. Píldoras de historia.

Los alumnos, atragantados con resúmenes apretados y memorísticos, se indigestan a la fuerza y terminan odiando, con razón, la asignatura. Y lo hacen justo cuando alcanzan la mayoría de edad. No creen, claro, que el ejercicio de sus derechos, como ciudadanos de una sociedad democrática, tenga algo que ver con el conocimiento histórico. No podemos ‘perder’ tiempo en clase para la reflexión y la crítica, para introducir la duda y la complejidad, para fomentar la inquietud y la curiosidad, para preocuparnos por las raíces de los problemas del presente. Qué oportunidad perdida.

No tenemos tiempo, con más horas lectivas y más alumnos por aula, para plantear otras actividades. Para salir del aula, por ejemplo, y descubrir que el pasado nos rodea. Que tenemos, al alcance la mano, las huellas, los restos y los lugares de memoria que nos cuentan lo que fuimos y lo que somos. Lo importante ahora, en el repliegue de las humanidades, es la formación en idiomas y nuevas tecnologías. Todos emprendedores, competitivos y bilingües. A veces nos olvidamos de que somos profesores de algo. Y que ese algo, la historia, es un conocimiento complejo, en permanente renovación, que requiere estudio y actualización. Nos olvidamos también de que, tal vez, lo mejor que podemos hacer por nuestros alumnos es enseñarles a que lean, escriban y hablen mejor. En castellano, claro. Nadie se plantea impartir Literatura castellana en inglés, pero Historia de España sí. ¿Dónde está la diferencia?

La Historia que merece la pena enseñar, y aprender con esfuerzo, es la que nos ayuda, a partir de las experiencias del pasado, a entender lo que nos sucede y a comprender por qué nos sucede. Un conocimiento que combate la ignorancia, los mitos y los dogmas con las armas del pensamiento crítico y la reflexión intelectual, pero también con valores como el coraje cívico o compasión humana. Me gusta la clase de Historia que es vida en movimiento y no un museo de cera. La clase de historia que aparece en otro poema de Szymbroska, ‘Arqueología’, muy diferente del primero:

“Muéstrame algo tuyo, cualquier cosa

y te diré quién fuiste.

Algún fondo de algo

y de ese algo la tapa. Sé despertar la memoria

en innumerables elementos.

Las huellas de sangre son para siempre.

La mentira brilla.

Resuenan las claves de los documentos.

Salen a flote las dudas y las intenciones.

Miraré en la garganta de tu silencio;

leeré en la cuenca de tu ojo/ las vistas que tenías,

te recordaré con pequeños detalles,

qué esperabas de la vida además de la muerte.

Enséñame tu nada

la que ha quedado de ti,

y reconstruiré con eso el bosque y la autopista,

el aeropuerto, la infamia, la ternura

y la casa perdida”

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